Pedagogía Callejera

Una de las labores pedagógicas de la que me siento mas orgulloso, no la realicé en el aula de clases, sino a la puerta de mi casa, en las afueras de Caracas.

Con mucha frecuencia tocaban el timbre que estaba colocado en la pared que separa la carretera del jardín. Ello coincidía con la salida de clases de un colegio cercano. Cuando salía a atender la llamada no había nadie.


Un día me puse detrás de la puerta unos minutos antes de la salida del colegio, decidido a descubrir al estudiante perturbador de nuestra tranquilidad. Un poco después de estar esperando, escuché cerca voces juveniles y casi inmediatamente pude ver por la rendija un brazo que se acercaba al timbre. Abrí rápido la puerta, pero los niños son mas rápidos.

Cuando salí a la carretera ya él estaba a unos cuantos metros; sin embargo, le dije “ven acá” y se devolvió. Seguramente se imaginó que yo iba a tener la usual reacción en estos casos: “Mira desgraciado, etc., etc.,…” En cambio, se desarrolló el siguiente diálogo, en mi caso yo muy calmo:

Yo: Buenos días, por qué me tocaste el timbre?

X : Yo no fui, fue uno de mis compañeros que salió corriendo.

Yo: Cómo me vas a decir eso, si te vi por la rendija de la puerta.

X : Silencio.

Yo : Tu papá es un hombre trabajador, verdad?

Yo : Y tu lo ves que sale de su casa a molestar a los vecinos?

X : No.

Yo : Y por qué entonces sales de tu casa a molestarnos? Por qué mejor no somos buenos vecinos y amigos?

Ante esta última pregunta mía el muchacho dijo: “Está bien” y me estiró la mano diciéndome su nombre. Yo se la estreché y a la vez le di mi nombre. Luego se despidió. A partir de ese momento nunca mas volvieron a tocarme el timbre.

Escrito en enero de 1990.

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