La Discusión Sobre Katrina

EL FACTOR AMBIENTAL

Se ha planteado la interrogante de si la intensidad de Katrina y también de Rita, han sido afectados por el deterioro ambiental, concretamente el fenómeno del recalentamiento global. Este no es el sitio para tratar in extenso este tema, por lo demás complicado y polémico. Pero sí es necesario hacer unas breves explicaciones, para comprender por qué se plantea esa interrogante y cuáles serían sus posibles respuestas.

Es un tema de permanente discusión, al menos desde el siglo XIX, el que el modelo de desarrollo económico, y específicamente el industrial, con el uso inicialmente del carbón y luego de los combustibles derivados del petróleo, produce deterioro del ambiente, a través de la descarga de gases contaminantes en la atmósfera. Paralelamente, la descarga de clorofluorocarbonos, como consecuencia del consumo de ciertos productos como las refrigeradoras y los aerosoles, deriva en la reducción de la capa de ozono, que protege a la tierra de las radiaciones solares. En el siglo XX y en lo que va del XXI, una de las principales fuentes de contaminación es la descarga de gases de los automóviles, cuya acumulación ha crecido exponencialmente. Las consecuencias de este fenómeno se muestran en la salud, en la ecología, en el aumento de la temperatura promedio y concretamente de los mares. Este último aspecto es el que tendría una incidencia directa sobre los huracanes o tifones. Diversos estudios estadísticos señalan una tendencia al crecimiento promedio de la temperatura; aunque la heterogeneidad de las series estadísticas ha impedido una conclusión definitiva sobre la relación de ese incremento con el deterioro ambiental, se ha avanzado bastante en esta materia. Y así mismo se ha registrado un incremento en la frecuencia de los huracanes.

La formación de los huracanes requiere una temperatura de 26 grados centígrados en las aguas. Por ello es que la mayor incidencia de huracanes se produce en las zonas tropicales. Sin embargo, no está claro si una temperatura mayor de ese nivel, produce una intensificación de sus efectos, y por ello no hay una prueba definitiva de que en Katrina haya estado presente el efecto del recalentamiento.

Una consecuencia importantísima del recalentamiento es su efecto sobre los océanos Artico y Antártico, concretamente el derretimiento de las capas de hielo, que produciría una elevación del nivel de los océanos, con efectos catastróficos sobre islas y las zonas y ciudades aledañas a los mares. Actualmente existen numerosos estudios y comprobaciones de que se está produciendo una reducción de las capas de hielo, e incluso en televisión podemos ver imágenes del desplome de gigantescas capas. Algunos no ven totalmente negativo el deshielo y señalan el gran salto que se daría en el transporte marítimo mundial si pudiera haber navegación intercontinental a través de la zona ártica.

Si existe controversia sobre el aspecto fáctico del fenómeno, probablemente la polémica sea mayor sobre las políticas para frenar el deterioro ambiental. Existe una corriente que podríamos considerar mayoritaria, tanto entre países como en el mundo académico, que considera que el fenómeno es de suficiente gravedad, y vital para la existencia misma de la humanidad, que hay que tomar medidas inmediatas para reducir el efecto invernadero. La mejor expresión de esta corriente es el Protocolo de Kyoto, firmado por una mayoría de naciones, en el cual se establece que las naciones industrializadas deben reducir sus emisiones de gases en el período 2008-2012 en un porcentaje por lo menos de cinco por ciento por debajo de los níveles de 1990, en tanto que los países en desarrollo han sido exentos de esa meta. Su cumplimiento implicaría modificaciones importantes en las técnicas de producción, para hacerlas menos contaminantes, lo que también implica importantes costos adicionales. Sin embargo, algunos países industrializados no han firmado el protocolo, entre ellos Estados Unidos, Japón y Australia, y tampoco algunos países en desarrollo importantes como la India y China. La administración Bush alega para su rechazo al Protocolo, que su cumplimiento seria demasiado costoso para el crecimiento económico del país, aunque el anterior Presidente, Clinton, es decidido partidario de ese Tratado y niega los efectos económicos indicados por Bush. El gobierno americano afirma que ello no significa que no van a tomar medidas contra la contaminación y señalan algunas medidas que están tomando, según ellos adaptadas a la conveniencia del país. Sin embargo, un estudio que fue hecho para el Pentágono por Peter Schwartz y Doug Randall, que fue mantenido en secreto hasta que los medios lo publicaron, analiza el fenómeno y establece varios escenarios, algunos de ellos catastróficos, sobre los cuales expresan que no hay seguridad de que se produzcan, pero tampoco pueden descartarse. En dicho informe se concluye que aunque los Estados Unidos tendría mayor poder de adaptación ante esos cambios, sería afectado fuertemente por las repercusiones de los efectos producidos en el resto del mundo. Me llamó mucho la atención un artículo publicado en la revista Foreign Policy, en la edición septiembre-octubre 2005, por Stuart Eizenstat (junto a otro autor, Rubén Kraiem), quien fuera jefe de la delegación nortemericana para las negociaciones del Protocolo de Kyoto. En ese artículo se plantea que a pesar de que Estados Unidos no firmó dicho Protocolo, por las razones ya indicadas, las compañías norteamericanas han comenzado a cumplir con dicho Protocolo y da las razones por los cuales ello está sucediendo. Señala varias medidas tomadas o a tomar por diferentes estados para limitar las emisiones contaminantes. Adicionalmente afirman que aquellas compañías norteamericanas que no acepten que estamos en un mundo en el cual deben limitarse esas emisiones, sufrirán las consecuencias en el futuro.

Algunos analistas afirman que las metas establecidas en el Protocolo de Kyoto son insignificantes frente a la magnitud del fenómeno, y por lo tanto no cambiarían en forma importante el nivel de contaminación.

La lucha contra la contaminación puede ser abordada por dos tipos fundamentales de políticas. Una a través de la intervención gubernamental, imponiendo límites a las emisiones contaminantes de las empresas; otra, a través del mercado, a través de impuestos, compra de permisos de contaminación, por el cual una empresa contaminante compra a otra no contaminante o menos contaminante los derechos de contaminación, lo cual permite a la primera continuar produciendo el nivel de contaminación permitido por el acuerdo. Este comercio sería regulado por el Estado, para tratar de que el nivel total de contaminación después de la transacción, sea inferior al original. A nivel internacional, algunos países, como Costa Rica, reciben regalías de parte de países desarrollados por su bajo nivel de contaminación. Ambas alternativas tienen sus pros y sus contras, y como en todos los aspectos de las ciencias sociales, tanto las ideas como las políticas correctas, están en un punto intermedio entre dos posiciones extremas. De manera que la política acertada siempre será una combinación de uso del mercado y de regulación estatal. Un punto en el cual existe unanimidad, es que el desarrollo implicará siempre un cierto grado de contaminación. Cualesquiera que fueren los desarrollos en este campo, estos tendrán una incidencia decisiva para el futuro de la humanidad. El ex-Presidente Clinton declaró en la última conferencia de Davos (enero del 2006) que el cambio climático “es el único aspecto que yo creo tiene la fuerza de poner fundamentalmente fin a la marcha de la civilización, tal como la conocemos ahora, y hacer que gran parte de los otros esfuerzos que estamos haciendo en otros campos, sean irrelevantes e imposibles”.

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