LONDRES 2012 – Notas de Viaje

El mes de septiembre estuve en Londres. Marina y los niños pasaron el verano con nosotros y después me fui con ellos.

La noche de nuestra llegada fue lo más heterodoxo que uno se puede imaginar. Cuando uno llega de viaje, y sobre todo de noche, lo que quiere es descansar y dormir hasta el día siguiente. Da la grata casualidad que mis sobrinas Samantha y Natacha habían llegado a Londres el domingo anterior. Marina las llamó por teléfono y las fuimos a buscar. El resultado es que a la una de la mañana estábamos en Picaddily. Después ellas vinieron otro día a la casa a cenar y pasamos un rato muy agradable. Samantha, desde su celular llamó a la abuela, Josefina, y como resultado todos hablamos con buena parte de la familia en Caracas.

19 Noviembre

Así como disfruté de la grata sorpresa de la visita de Samantha y Natacha, de la misma forma sentí no poder ver a mis sobrinos Elena Margarita, Gustavo y sus preciosos niños, quienes viven en Bristol, por circunstancias fuera de nuestra voluntad.

Además del placer general de estar con mi familia londinense un tiempo, un disfrute muy especial fue ver nuevamente a mi más reciente nieto, Dante, a quien había visto el 2011 cuando tenía apenas un mes de nacido. Estando yo en su casa comenzó a dar los primeros pasos, lo cual quedó reflejado en un video. Después de mi regreso a Chipre comenzó a caminar regularmente. Con frecuencia lo veo por skype y me reconoce.

Estuve muy complacido de encontrarme con amistades de Marina, que también son mías: Beata, Yodi , Enurde. Fui a Oxford a visitar a mis amigos María Cristina y Brian Mc Beth. Ella, destacada investigadora de las ciencias penales y gran dama. Cuando yo llegué al Saint Antony’s a regentar la Cátedra Cátedra Andrés Bello, de lo primero que me informaron fue acerca de un Economista inglés muy allegado al Colegio que había vivido parte de su niñez en Venezuela porque su padre fue ejecutivo petrolero y hablaba perfecto español. A los pocos días lo llamé y pude comprobar esa información, porque en un acento muy criollo me saludó con un refrán venezolano. Ya yo no me acuerdo lo que me dijo, pero cuando nos vimos ahora y le pregunté cómo estaba me respondió: “En la lucha por la locha”. Brian además de ejercer exitosamente su profesión, ha hecho interesantes investigaciones sobre la historia económica de Venezuela, la última de las cuales fue publicada por la Academia de Ciencias Económicas de Venezela. Con María Cristina y Brian hemos forjado una gran amistad, que perdura a lo largo del tiempo. Me agradó mucho recorrer de nuevo esa ciudad que me encanta y donde viví algún tiempo. Siempre he dicho que Oxford es una Londres pequeña, en el sentido de que tiene todo lo que tiene la capital pero sin la inmensidad de ésta, aparte de la intensa vida universitaria. Cambridge es distinta, una ciudad estrictamente universitaria.

En lo relativo al transporte colectivo, aunque es producto de una larga evolución, esta vez me di más cuenta de algunos avances tecnológicos muy favorables para los pasajeros. En épocas pasadas si uno viajaba en el metro, tenía que estar pendiente de cuando llegaba a la estación donde uno se iba a bajar. Ahora en todos los vagones, de lado y lado existen pantallas donde una voz avisa la próxima estación y cuando se ha llegado a ella. Esta información existe ahora en los autobuses, no con voz, pero con una clara información escrita. Acerca de los autobuses, los viejos que eran muy incómodos han sido sustituidos por unidades modernas muy cómodas, con espacio para equipaje y entradas a ras de la acera. En algunos observé que para las sillas de ruedas hay un mecanismo, como una señorita, que sube y baja, para facilitar la entrada y la salida del lisiado. Por cierto, que en la primera época que viví en Inglaterra, los ejecutivos viajaban en el transporte colectivo y uno los podía ver parados, con su pumpá, su levita y su bastón, leyendo el Financial Times, mostrando gran pericia en la forma en que lo doblaban para sostenerlo con una sola mano. Ya no más, ahora viajan en sus lujosos automóviles.

La compra de libros profesionales no fue tan grande como en otras ocasiones, porque con el kindle touch que me regalaron los hijos el día de mi cumpleaños, la mayoría de los libros que necesito para el resto de lo que me queda por escribir sobre la crisis mundial, los he comprado por allí. Toda la tecnología de la que disfrutamos ahora, era ciencia-ficción hasta hace algunas décadas. Pero la de eboks me ha sorprendido grandemente y me ha proporcionado inmensos beneficios. Apenas uno hace la compra comienza a aparecer el libro y en un minuto ya lo tiene uno disponible. Esto ha agilizado mucho mi trabajo, porque el libro que necesito para un determinado tema, en lugar de tener que esperar alrededor de un mes para que llegue de Londres, pues lo tengo en tiempo real. Además, tengo ya incorporados 28 libros; ¿cuánto espacio hubiera necesitado para esos libros físicos? A penas hace unos años se decía que a pesar de los avances tecnológicos, uno con internet no podía darse el gusto de leer un libro al pié de un árbol. Ahora podemos escoger cualquier árbol que nos agrade para hacerlo.

Estando en Londres salieron publicadas las memorias de Salman Rushdie, con el título de uno de los seudónimos que usó en la clandestinidad, “Joseph Anton”. El libro me atrapó. Rushdie logra lo que Gabriel García Márquez en “Historia de un Secuestro”: transmitir a la mente del lector los sentimientos, los terrores, los pánicos, las esperanzas y desesperanzas de un secuestrado; en el caso de Rushdie las de un perseguido y condenado a muerte por un gobierno fanático y respaldado por millones de fanáticos. Con García Márquez me sentí secuestrado, con Rushdie me sentí perseguido y condenado a muerte. Al comparar los dos relatos, el de García Márquez me parece más impresionante. También en el libro desfila una buena parte de la intelectualidad de la época y de la historia política de ese período de su vida. En ese sentido, el símil más próximo que encuentro son las memorias de Stefan Zweig, “El Mundo de Ayer”, sobre la primera mitad del siglo XX.

La gastronomía estuvo excelente, tanto en los restaurantes, como en las dos casas familiares; arepas, carne esmechada, empanadas, caraotas negras, ricas sopas, etc. Un día iba haciendo mi caminata diaria cerca de la casa de Marina y me paré a ver el menú. ¡Tenian el steak mongol!, el exquisito plato que degusté en el restaurant PT Chang en Miami, gracias a la invitación de Tabeila. Decidí entonces probarlo y compararlo con el maiamero, pero estaba cerrado. Volví otro día con Marina y con Len y también estaba cerrado. Entonces Marina sugirió un restaurant francés al lado, Le Pot Lyonés. Me encontré allí con un steak tartare muy superior al que habíamos probado en un restaurante en Versailles. Aunque Marina no lo pidió, lo probó y estuvo de acuerdo conmigo en la comparación. Así mismo me gustó un sirloin, muy tierno y gustoso en un Angus. Desde hace unos años estoy visitando, cerca de Oxford Street, un restaurant español, con un nombre también muy español, La Tasca. La paella marinera se acerca a mis gustos, con un fuerte sabor a los distintos ingredientes y ni muy jugosa ni muy seca. Sin embargo, hay un problema común a todo Londres. Hay censura para conversar, en la forma de una música estridente y con alto volumen. Yo le pedí amablemente al encargado del restaurant si podía bajar un poco el volumen y ni siquiera me respondió. A la mesonera, española, le comenté: Usted sabe que los españoles van a los restaurantes para comer y para conversar; me dijo que ella no podía hacer nada al respecto. No estoy seguro si en mi próximo viaje volveré. Tal vez será mejor llamar a los restaurantes y preguntar si tienen música. Creo que la mejor paella marinera no la he comido en Madrid sino en Ginebra. En Madrid había un restaurante en La Gran Vía, cuya paella me gustaba mucho, porque no estaba tan enchumbada en aceite de oliva, llamado Valencia, pero en mi último viaje a la capital española encontré que había desaparecido. Quizás, ahora que estoy más acostumbrado en Chipre a la comida mediterránea, con intenso uso de aceite de oliva, no me molestaría el tipo de arroz español. En Ginebra es muy curioso: en una calle pequeña, de apenas 50 metros hay, uno detrás de otro, tres restaurantes españoles en fila. Los probé todos, y la mejor paella, muy superior, es la del primero, si uno viene del oeste. En un restaurante chino en Golders Green disfruté de unos excelentes Tin Sien; sin embargo me pareció que su sabor era un poco distinto a los que suelo comer en La Corona de Oro, en San Bernardino, que fue donde los conocí por primera vez, hace mucho tiempo.

Uno de mis mayores regocijos en Londres es conversar con Len de todo lo humano y lo divino, con su vasta cultura y su inglés manchesteriano, que a mi me encanta. Entre otros muchas fuentes de conocimiento para mi, esta vez me explicó el significado de “epiphany”, como veremos más adelante.

La arista musical estuvo muy bien. Apenas a unas horas de haber llegado, Len me dió de regalo la biografía del gran director de orquesta alemán Bruno Walter de Erik Ryding y Rebecca Pechefsky. Le dije que la había pegado doble. Primero, porque hacía algún tiempo quería leer explicaciones sobre la dirección de orquesta. El libro fue perfecto para ello, con las extraordinarias explicaciones de Walter sobre su modo de dirigir y, además, con decenas de escritos de cronistas sobre sus interpretaciones. En segundo lugar, porque tenía el propósito de buscar un libro que me sirviera de “vacación intelectual”, después de haber terminado el 4º avance sobre la crisis y el 5º volumen de Voces Operáticas. Nuevamente el libro cumplió a la perfección ese objetivo. Además, la biografía es una gigantesca investigación y elegantemente escrita; parecen haber seguido diariamente al músico y haber leído todo lo que se ha escrito sobre él. Aquí se presentó mi “imán”. A los días de haber regresado a Chipre recibí el número de octubre de Opera News. Allí hay un reportaje, “The Art of the Conductor”, donde se entrevista a un grupo de directores de orquesta famosos, sobre su manera de dirigir. Ello complementó las enseñanzas que recibí de Bruno Walter.

Me interesó mucho un párrafo donde Walter expresa que, después de quedar fascinado en un concierto de obras de Wagner, tuvo una epifanía, decidió concentrar su actividad de director en el genio alemán. Le pregunté entonces a Len el significado de esa palabra. Me explicó que epifanía son circunstancias que cambian en forma decisiva el rumbo de la vida de una persona. Identifiqué entonces dos epifanías recientes. La primera, cuando a raíz de haberme establecido en Chipre, después de haber dado charlas de ópera en Venezuela, decidí escribir sobre ese fascinante arte. La segunda, cuando al darme cuenta de la magnitud y la gravedad de la crisis financiera, decidí realizar una investigación sobre ese proceso. Estas dos actividades han ocupado la mayor parte de mi actividad intelectual en los últimos siete años.

Cuando estaba terminando Voces Operáticas V, leí sobre la muerte de la contralto armenio/americana Lili Chookasian. La busqué en youtube y me impactó su interpretación de “El campo de los muertos”, de la cantata Alexander Nevsky, de Prokofiev. Después de la sangrienta batalla sobre el hielo, ella llora la muerte de su amado y de los otros muertos. Es una voz oscura, poderosísima, que en su registro más grave suena como un trombón. En las notas del volumen logré incluirla entre mis contraltos favoritas, al lado de Kathleen Ferrier. En Londres, adquirí el CD, con lo cual se elevó mi admiración, por el mejor sonido. También adquirí el álbum de Mahler, Dar Lied von Der Erde (la canción de la tierra), donde ella es la cantante. Esta obra, basada en un poema chino, ha sido considerada la despedida de Mahler. La última aria, regiamente interpretada por Chookasian, es patética:

Luck was not kind to me in the world!
Whither do I go? I go, I travel to the mountains,
I seek rest for my lonely heart.
I turn toward my homeland, my own country.
I shall wander no more in far-off lands.
My heart is at peace and awaits its hour.
The beloved earth everywhere.
Blooms in spring and becomes green anew!
Every and forever the horizon is a radiant blue!
Forever, forever…forever…forever…

Al comparar la interpretación de Chookasian con la de Kathleen Ferrier me incliné, por un ligero margen hacia la contralto británica. Para los que no poseen los volúmenes de Voces Operáticas, transcribo algunos párrafos de mi escrito sobre ella.

Nunca me había encontrado con un cantante en el cual los rasgos de su personalidad armonizaran tanto con su voz: simpatía, una gran bondad, generosidad, modestia, una gran sensibilidad; cuando se observa su cara y su mirada se reflejan esas mismas cualidades. A ella le era difícil contener las lágrimas cuando cantaba lieders altamente sentimentales como Las Cuatro Serias Canciones de Brahms y estaba tratando de vencer esa tendencia con la ayuda del gran director alemán Bruno Walter, quien se había convertido en su padrino artístico. En la interpretación de Das Lied von der Erde de Mahler, bajo la dirección de Walter,* cuando hay que cantar repetidamente ewig (eternamente), no se pudo contener y lágrimas cayeron sobre sus mejillas. Cuando terminó el concierto, ella estaba muy preocupada por lo que pudiera decir el gran director al respecto. Entonces un amigo, Neville Cardus, le dijo: “Si todos los que estamos aquí fuéramos artistas tan grandes como tú lo eres, yo, la orquesta, la audiencia, todo el mundo hubiera llorado”. Walter comentó que estaba tan conmovido como ella, pero él sabía contenerse y dio un signo de aprobación con su cabeza y le dio unas palmaditas en el hombro a Kathleen. El, de su primer encuentro con la artista, había comentado: Tenía el encanto de un niño y la dignidad de una dama. Para tener aunque sea una leve idea del significado de esa composición, transcribo los comentarios que hizo la revista Punch, acerca del concierto:
*La obra fue estrenada póstumamente por Walter y Ferrier.

“Das Lied van der Erde es la puesta de sol del período romántico y la más compleja expresión en todo el universo musical de la tristeza humana y su propia desaparición. En ella Mahler desarrolla su visión del universo y de toda la belleza y de los colores luminosos con agonía. Y en el “Abschied” un sonido lúgubre se escucha como si fuera la creación total del universo. Después de varios días me parece todavía escuchar aquel inolvidable y conmovedor canto, Ewig, ewig, ewig, a través del tiempo y del espacio.”

Kathleen Ferrier tiene un timbre único en su voz, producto de una anomalía física: su garganta era excepcionalmente amplia, uno de sus profesores dijo que por allí pasaba tranquilamente una manzana grande. Tanto por su simpatía natural, como por su exquisita voz, fue idolatrada por el público británico y causó sensación en Estados Unidos. Desafortunadamente, un cáncer del pecho se la llevó a la temprana edad de 41 años, cuando estaba en la cúspide de sus recursos vocales. Igualmente desafortunado es el origen probable de su enfermedad; un golpe involuntario de su esposo con el codo en el pecho derecho; a partir de ese momento, ella comenzó a sentir dolores, que se fueron agudizando, hasta el desenlace fatal. En febrero de 1953, cuando había muy pocas esperanzas de su recuperación comenzó a cantar una serie de presentaciones de Orfeo et Eurídice, ópera en la cual fue suprema, en el Covent Garden. En la segunda sesión se le desintegró el fémur y una parte del hueso se salió de su lugar (fractura con desplazamiento, me explica Guillermo Eduardo), lo cual causó un dolor inmenso, pero ella siguió cantando sin moverse. El público no se dio cuenta y en el elenco muy pocos, especialmente una compañera, que se puso a su lado para auxiliarla en caso de un colapso.

Con respecto a la relación de Bruno Walter con Ferrier, no resisto la tentación de contar una simpática anécdota. El estaba hablando sobre la cantante con el agente de ella, Peter Diamand, en presencia de su hija, y le dijo: “Lo que yo podría hacer con esa muchacha si fuera veinte años más joven” (él tenía para entonces 77 años); después que observó la reacción de su hija, continuó: “por supuesto, musicalmente”. Y la hija le dijo: “Papá, esa pausa fue un poco demasiado larga para ser creíble”.

Después de haber terminado la serie de Voces Operáticas, uno de mis propósitos en ópera es investigar sobre las nuevas generaciones de cantantes. Al respecto, en Londres conocí cuatro jóvenes sopranos, que me gustaron mucho. De los conciertos que asistí de dos de ellas, transcribo mis apreciaciones. Un paso en ese sentido fue la inclusión en el 5º volumen de Eglise Gutiérrez, Borbara Keszei, Nicole Cabel, Measha Bruggergosmann, Alexia Voulgaridou y Vittorio Grigoli.

Alexandra Saunders, tiene una voz dulce y poderosa a la vez. Su programa consistió de canciones de compositores británicos. Ya en algunas de las primeras canciones mostró la fuerza de su voz, pero fue en una de las últimas interpretaciones que mostró toda su potencia, sorprendiéndonos con un troppo forte que no parecía salir de su diminuta figura. En general las canciones están escritas para el rango medio de la voz de soprano, pero cuando en dos ocasiones fue a un registro más agudo, éste me pareció débil. En contraste, su registro grave me pareció muy firme, en la ocasión en que tuvo que usarlo. Hubo un atisbo de coloratura en una de las canciones, que me indicó que podría desempeñarse brillantemente en el bel canto, Bellini, Donizzeti…

El programa de Samantha Crawford nos permitió apreciar todas las cualidades de su voz: hermosa, potente, sin debilidades en ninguno de los rangos de su registro. Además mostró una extensa tesitura, desde un cierto nivel de la soprano spinto, pasando por la lírica, que es su voz principal, extendiéndose hasta cierta nota de la lírica. La primera parte consistió en canciones de Alan Berg y en la segunda canciones de compositores británicos, Britten, Finzi, Williams, Gurney y Warlock. En la canción de Finzi “Let us Garland Bring Op 18”, con letra de Shakeaspeare, nos mostró una voz de gran agilidad y graciosa. Pero fue en una canción de Frank Bridge, ofrecida como bis, que nos encantó con todas sus inmensas cualidades, y sobre todo un troppo forte admirablemente firme. Esa interpretación mereció un entusiasta y largo aplauso del público. Les auguro un bonito futuro a las cuatro sopranos, incluyendo a Lynda Barret y Laura Wright.

Hubo una nueva manifestación de mi “imán”, respecto a los propósitos que manifesté antes: cuando regresé a Chipre encontré que me había llegado el número de agosto de Opera News, con un reportaje titulado “Opera´s Next Wave, the voices and faces of the future”. Allí se comenta sobre 27 personajes operáticos, entre cantantes, compositores, libretistas, etc, lo cual constituye una magnífica plataforma para mi investigación.

La mejor adquisición discográfica fue el tercer álbum de mi soprano británica favorita: Kate Royal, “A lesson in love”. En este CD, Royal hizo algo muy ingenioso. En base a canciones de diversos compositores, construyó una historia de amor: Esperando, La aparición, La Boda, El Engaño, Esperando (otra vez). Las canciones preferidas por mi son: Bolcom, Waitin; Debussy, Apparition; Duparc, Extase; Schubert, Du liebst mich nicht (You do not love me) y…nuevamente Waitin.

Mi estadía en Londres coincidió con la célebre “Ultima noche de los Proms”. Como siempre son elegidos dos destacados artistas como estrellas de la noche, los cuales fueron: la joven y extraordinaria violinista Niccola Benedetti, quien se lució en sus interpretaciones y el tenor maltés José Calleja. Su interpretación de E lucevan le stelle fue ovacionada y luego leí una nota de prensa muy elogiosa. Pero a mi me pareció que su interpretación dejó mucho que desear y estuvo muy por debajo de de Fleta, Caruso o Grigoli. Hago un extracto de mi escrito sobre él.

Joseph Calleja es uno de los jóvenes cantantes que ha sido mencionado como candidato para integrar lo que serían los nuevos “tres tenores”. El, desde joven gustó del rock y del “heavy metal”, y se vio atraído inicialmente por la ópera cuando vio la película de Mario Lanza “El Gran Caruso” y, al respecto, dijo: Cuando Mario Lanza abrió su boca supe que había algo más que Metálica y Iron Maiden”. Luego escuchó a Pavarotti y decidió unirse al coro del Teatro Nacional de Malta. En ese carácter, hizo la segunda voz del coro en Rigoletto. El le contó al crítico Joseph Hall que “cuando escuché el preludio, algo dentro de mi cambió para siempre”. (otra epifanía). Decidió entonces tomar clases de canto con el tenor maltés Paul Asciak. Su debut lo hizo en Malta en 1997, como Macduf en Macbeth y en su carrera ha cantado más de veinte papeles entre ellos: Rigoletto, La Boheme, María Estuardo, El Barbero de Sevilla, Carmen, Gianni Schicchi, L’Elisir d’amore, Traviata. Ha cantado ya en los grandes teatros de ópera del mundo, excepto La Scala. Por su “tessitura” es considerado como un tenor lírico-ligero. Su debut en el Metropolitan lo hizo en octubre del 2006 con gran aprobación y comentarios variados de los críticos.

A mi no me ha entusiasmado mucho Calleja. Básicamente no me ha gustado el timbre de su voz. Pero eso es algo muy subjetivo. A mi tampoco me parece hermosa la voz de Giacomo Lauri Volpi, pero él es uno de los grandes tenores del siglo XX y cada una de sus arias es una clase magistral. Pero también he sentido falta de emotividad y de calidez en sus interpretaciones. Comparé su interpretación de “Quanta e bella” con la de Villazón, y me gustó más la de Villazón. En cambio comparé su “La dona e mobile” de Rigoletto con la de Alagna y me gustó más la de Calleja; me pareció más elegante y su final es muy superior al de Alagna. Para este escrito he escuchado de nuevo todo su CD y con algunas variaciones he ratificado mi opinión. Pero…cuando llegué a su interpretación de “Lamento di Federico”, me parecía que era otra voz; todo lo que echaba de menos antes allí estaba: expresividad, emotividad, lirismo y hasta su timbre me gustó. Para tener mayor certeza de esta opinión, comparé su interpretación con la de José Carreras, uno de los “tres tenores”. Considerando que Carreras es uno de los grandes de la segunda mitad del siglo XX, me pareció que la interpretación de Calleja está muy a la altura.

El primer CD de Calleja es del 2003. El segundo es del 2005, el cual todavía no he escuchado. Acabo de oir en internet una muestra de su “Je crois entendre encore” –recordemos que es cantada en el primer volumen por Giusseppe Lugo- y me impresionó favorablemente, aunque su estilo es distinto al de Lugo; me pareció que su voz se ha vuelto un poco más oscura lo cual, de acuerdo a mis personales gustos sobre la voz de tenor, me parece positivo. Si antes de terminar este volumen, logro escuchar su segundo CD, haré un comentario adicional.

Escuchando su lamento, disfrutamos inicialmente de su bella introducción orquestal, triste. El aria se va desarrollando lenta, a media voz, serena. El inicio del aria se interpreta con una voz grave intermedia, “E la solita storia del pastore… Hay un hermoso cambio de matiz cuando en el minuto 1’21” canta “Come l’invidio”, para luego con una voz un poco más grave cantar” “Anch’io vorrei dormir cosi” en el minuto 1’39”. El matiz de “…almen l’oblio trovar”, en el minuto 1’50”, tiene una hermosa suavidad. Luego en un registro que va “in crescendo” canta magistralmente “La pace sol cercando io vo”, cambiando inmediatamente de matiz, para cantar con gran emoción “vorrei poter tutto scordar”. Lo anterior es sólo una muestra de una interpretación magistral. Al final, Federico desahoga toda su pasión y su desesperación, en una voz más alta al cantar “Fatale vision, mi lascia. ¡Mi fai tanto male! ¡Ahimé!

NOTA SOBRE LA MUSICA.
Recomiendo ir a youtube. Allí se pueden encontrar con varias situaciones. Con suerte, pueden encontrar al mismo cantante en la misma aria o canción; alternativamente pueden escuchar la misma composición por otro cantante. La peor suerte sería que no la encontraran, ni el cantante ni la música.

GM
Nicosia, 29 de diciembre de 2012.


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